Jose, in memoriam


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¡Qué triste lloraba la tarde!,

qué tarde tan triste de pena;

a hombros de carne, carne,

hacia la noche serena.

Era su alma tan grande

que apenas cupiera en Baeza.

Iba el primero, delante,

mudo a entregarle faena,

lejos, camino de nadie,

lo que el azar enajena.

A hombros parecía distante,

cuando cruzaba Baeza.

Atrás, llorando las horas,

toda la mañana llena

calla mirándolo a solas;

quieto su reloj de arena.

Ya no verá mas auroras,

aunque madrugue Baeza.

No era ni sombra de antes,

todo calor de verbena;

ahora silencio cortante,

frío dolor que cercena.

No volverán los instantes

graciosos de su Baeza.

Nada su marcha demora,

nada detiene la escena,

todo en la nada reposa,

nunca por nada se frena.

Como si fuera su esposa,

viuda se quedó Baeza.

¡Ya no bullía la sangre!,

toda esa sangre tan buena;

¿por qué no respira el aire?,

¡maldita muerte!, resuena.

Nunca dejó de amarte,

porque te amaba Baeza.

¡Qué triste lloraba la tarde!,

qué tarde tan triste de pena;

a hombros de carne, carne,

hacia la noche serena.

Nunca volverá a mirarte,

como esos ojos, Baeza.