La caverna de Platón


Imagen CC

Si puedes, imagina,
amigo Glaucón,
una cueva profunda
donde no llega el sol.


Desde niños, hombres
con cadenas atados,
teniendo a su lado
la luz de una lumbre.


En sí obligados
a mirar al frente,
tras un tabiquillo
las cosas se mueven.


Qué extraña escena
y que extraños reos,
la esencia de todo
las formas envuelven.


Un teatro al fondo
de las vidas mismas
proyecta de cosas
sus sombras difusas.


Una rosa, un clavel,
discuten profundo
las sombras del mundo
que aparentan ser.


Colmando de honores
al que más acierte
o lleve la suerte
de algunos hombres.


¿Y si sueltan a uno,
amigo Glaucón,
y lo sacan fuera
donde da la luz?


Lloraría, maestro,
con dolor y miedo,
perdiendo la vista
al salir al sol.


Mas vería después
cosas verdaderas
que la oscura cueva
le impedía ver.


Si pasado un tiempo
volviera el hombre,
sentiríase torpe
a distinguir el bulto.


¿Si contara entonces
lo que vio afuera,
tomarían por falso
lo que este cuenta?


Así es, dijo
mirando a Platón,
tomarían por malo
el salir al Sol.


Y sentiría la pena
en lo más profundo,
y atado en la cueva
soñaría el mundo.


Pues esa es la vida
del hombre de ahora
creyendo en sombras
que le dan las cosas.