Oda a Sergio

Con orgullo, a mi hijo...


También naciste de agosto cómplice, de Sol inmenso y sueño,
a espíritu forjado a razón de orgullo de un dúo inevitable,
debías ser porque se empeñó el destino que fueras imborrable,
a piedra y pecho, a latidos a conciencia doble de noble leño.

Corre ahí mi mejor mitad, cual cosa mía, aunque no sea dueño;
fluye en ti completamente esa esencia pura de inquebrantable,
tú, que habitas ilimitado en mi memoria de ayer y amable,
el del fruto de verde fuerza, que grande vas, en luz y empeño.

Calmaste mi sed de padre cuando aquella tierra de ardor guerrero
e importas tú, mi Sergio, pues también de donde sueños fecundos
naciste de la humildad del hombre que cae y se alza de sí más fiero.

De impulsos inexplicables, que solo moran donde profundos,
he aquí igual que aquí te ofrezco mis manos llenas de padre entero,
a voz de pasión infinita, a voz eterna... en cualesquiera mundos.