Oda a Sonia

Con orgullo, a mi hija.


Te soñé inmensa, a dúo cómplice en Baeza, y de ahí surgiste,
del deseo más profundo que de un hombre emana de lo eterno;
alumbraste a agosto entero de libre Sol, de ardor paterno,
cuando la llama voz, a dos y fuego: yo sentí cuando sentiste.

Aún me abrigan mis palabras en memoria del fruto tierno,
aún más fuerte el corazón de éste mi mundo, porque naciste,
y no importa nada: ni tiempo, ni distancia... sino que fuiste,
y no, no ha más razón de ser, ni más rotundo, a cuanto discierno.

Brotaste del hondo pecho donde los sueños de un padre moran,
lucero, luce pues en todos los cruces de tu vida, ¡Eres día!,
y si lloras, de ya mujer, que no te importe, mi Sonia mía,
que también alguna vez, por la sombra, brillantes guerreros lloran.

Heme aquí a lealtad completa de agua y cielo y, si hubiera pena,
de infinito: que aun a noche oscura... buscaré tu Luna llena.