... en metal y piedra


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A Jose, in memoriam.

          
           














  



¡Qué triste lloraba la tarde!,
que tarde tan triste de pena
a hombros de carne, carne,
hacia la noche serena.

Era su alma tan grande
que apenas cupiera en Baeza.

Iba el primero, delante,
mudo a entregarle faena,
lejos, camino de nadie,
a donde el azar enajena.

De cerca parecía distante,
cuando cruzaba Baeza.

Atrás llorando las horas,
toda la mañana llena,
calla mirándolo a solas
su quieto reloj de arena.

Ya no verá mas auroras,
aunque madrugue Baeza.

No era ni sombra de antes,
todo calor de verbena,
ahora silencio cortante,
frío dolor que cercena.

No volverán los instantes
graciosos de su Baeza.

Nada su marcha demora,
nada detiene la escena,
todo en la nada reposa,
nunca por nada se frena.

Como si fuera su esposa,
viuda se quedó Baeza.

Lo cameló en caracolas
con su guadaña de hiena,
¡maldita muerte!, nos robas
oro de veta en la vena.

Como en la noche ladrona
se lo llevó de Baeza.

¡Ya no bullía la sangre!,
toda esa sangre tan buena,
ya no respira del aire,
¡maldita muerte!, resuena.

Nunca dejó de amarte,
porque te amaba Baeza.

¡Qué triste lloraba la tarde!,
que tarde tan triste de pena
a hombros de carne, carne,
hacia la noche serena.

Nunca volverá a mirarte
con esos ojos Baeza.




Ángel Judas

 

 







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